Seguidillas de Barajas

Daniel Martín. Saxo soprano.

Ismael Clemente. Voz. Guitarrillo. Botella de anís. Arrabel. Hierros.

Sonia Loaysa. Pandereta.

Con la colaboración de nuestro técnico de sonido de cabecera. Alejandro Martinez, “Acho”. Bajo eléctrico.

“SEGUIDILLAS DE BARAJAS”

Las cantó Julián Montero, mientras le acompañábamos un día a cazar liebre con una collera de galgos, junto a los barbechos pardos de la ribera del Jarama.

A su memoria. Y a la de todos los que estaban antes que nada, antes que todo. Y a la de todos los que vinieron después, con la maleta al hombro. A todos los que, como nosotros, echasteis los dientes en un banco de un parque de un barrio.

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En 1949, el ayuntamiento del pueblo de Barajas (Madrid) aprobó en el pleno el mandato de la orden ministerial que le forzaba a desaparecer como municipio, uniéndose al de Madrid capital.

Antes o después también ocurrió lo mismo con la mayoría de los pueblos del antiguo alfoz madrileño. Vallecas, Vicálvaro, Canillejas, Canillas, Hortaleza, Fuencarral, Aravaca, Villaverde, los dos Carabancheles.

Lugares en los que se levantó el cinturón del extrarradio, de aquella gran ciudad de aluvión que se estaba fraguando. Barriadas obreras, muchas veces sin alumbrado ni alcantarillado. Casas bajas y bloques de cemento en mitad del paisaje lunar. Con las calles embarradas. Y un almibarado resplandor anaranjado.

Todos los que vivimos o hemos vivido en esta ciudad llegamos en algún momento de fuera. Lo de venir de fuera no es una perturbación ni es exclusivo de los madrileños.

Todos los seres humanos de todo el planeta, en realidad, vinimos de fuera en algún momento. Todos tenemos un tatarabuelo moro, suevo, fenicio, criptojudío o arriero gallego que venía a buscar pimentón. Un antepasado homo sapiens sapiens que vino desde África a aparearse con una hembra neandertal. Todos vinimos alguna de vez de fuera. Lo que pasa es que los madrileños, por aquello de lo reciente, lo tenemos siempre muy en cuenta. A veces, incluso, demasiado presente.

Vinieron de fuera nuestros padres. O, a lo sumo, nuestros abuelos. Que abandonaron un pueblo con la esperanza de darles a sus hijos una vida mejor. Más confortable. Menos sacrificada.

El tiempo, que, al final, lo coloca todo en su sitio, nos recuerda irónicamente que seguramente esa vida nunca fue ninguna de esas tres cosas. A muchos de ellos les vimos morir aquí con la percepción de no haberlo conseguido. Pero la gesta del protagonista de la diáspora merece el amor y la gratitud por sacar a una familia adelante. Donde fuera. Cuando se bajaron del coche de linea, con la maleta de cartón, se convirtieron en unos expatriados. Y a nosotros, al mismo tiempo y sin saberlo, nos convirtieron en unos apátridas.

Ni de aquí ni de allá.

Pero el tiempo pasa. Esa es la única puñetera verdad que hay en el mundo.

El tiempo pasa y dispone las cosas. Crecimos. Anduvimos en mil sitios. Dimos más vueltas que una peonza. Tuvimos hijos madrileños. Y al verles crecer se disiparon los traumas, volvieron a accionarse los mecanismos de la tramoya que hace girar al universo. Porque de ellos es el mundo. También, el tiempo.

Un día cualquiera, en esta ciudad, le da a uno por echarse al suelo, pegar la oreja al asfalto y auscultar el murmullo de la Tierra. La trepidación tectónica de este lugar del mundo. Y se da cuenta de que las entrañas de esta ciudad palpitan por seguidillas. Que cuando uno vuelve a incorporarse, a ponerse en pie, ya no es el mismo. Ni nada es lo mismo.

 

Madrileñas. Madrileños. Seres apátridas. Parias desterrados. ¡Viva la Revolución!

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Grabado en enero de 2019

Cámara: Belén Carrillo

Realizado por Ursaria.